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La Argentina en peligro de desestructuración

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La Argentina en peligro de desestructuración

A veces se oye nombrar, por ejemplo en los paneles de televisión, la anomia como una realidad o un peligro que se cierne sobre la Argentina. Cuando se...



A veces se oye nombrar, por ejemplo en los paneles de televisión, la anomia como una realidad o un peligro que se cierne sobre la Argentina. Cuando se...


A veces se oye nombrar, por ejemplo en los paneles de televisión, la anomia como una realidad o un peligro que se cierne sobre la Argentina. Cuando se reflexiona un poco sobre la definición, parece que estamos de lleno en ella y que necesitamos una salida. La definición es un Estado en que las reglas sociales se han degradado o se han eliminado y ya no son respetadas por los integrantes de la comunidad, es decir, una acusación y un lamento continuo de los argentinos, que se culpan unos a otros pero ninguno cumple.
Entre nosotros abundan normas, hay cerca de 30.000 leyes que ni los abogados conocen.
Entre nosotros abundan normas, hay cerca de 30.000 leyes que ni los abogados conocen, y no solo nadie se siente obligado a cumplirlas sino que a veces no hay poder coercitivo suficiente y en cambio, cada obligado por ellas entiende que puede imponer su punto de vista, variable según convenga a la situación concreta.
La anomia es un estado de la sociedad que no logra aportar herramientas imprescindibles para alcanzar objetivos en la comunidad. En la anomia, ciertas conductas antisociales se consideran como normales o aceptables, por ejemplo el archiconocido “roban, pero hacen”.
El concepto permite explicar las conductas desviadas, no tanto las que implican infringir la ley como las normas que debieran estar sobreentendidas, no escritas.
La anomia deriva en un colapso de la gobernabilidad, en la ausencia del Estado como garante de la educación, la seguridad, la salud y la justicia. Como resultante determina el florecimiento del suicidio, los desórdenes mentales, las adicciones a las drogas y otras muchas conductas anómalas.
La anomia convive con las normas, pero éstas son incapaces de mantener la solidaridad entre los miembros de la sociedad, que queda en peligro de disolución, porque sin alguna forma de solidaridad no se sostiene.
Los individuos quedan en desprotección extrema: desposeídos de cultura, de creencias, de lazos que los unan entre sí, sin convicciones ni orientación. El paso hacia las conductas antisociales es muy corto.
En “Un país al margen de la ley” Carlos Nino da un catálogo de hechos verificables con facilidad que muestran la anomia en la Argentina: la forma en que se transita por los espacios públicos, cómo estos son cuidados (descuidados, maltratados, destruidos), la naturalidad con que se evaden las responsabilidades cívicas como el pago de impuestos, la contaminación del ambiente, la extensión de la corrupción.
La anomia termina operando por sí misma para favorecer niveles bajos de eficiencia y productividad. Lleva según Nino a la ilegalidad de varias maneras diferentes.
Se produce una desviación individual cuando cada uno encuentra conveniente “para sus intereses” dejar de observar la ley dado el probable comportamiento de otros. (“Yo lo hago, porque de todos modos, si no yo, otro lo hará”)
Otra que se presenta cuando ocurre un conflicto social que lleva a un sector a desconocer la legitimidad de la autoridad que dicta las normas en cuestión. (El gobierno argentino aceptando los tribunales de Nueva York y rechazando luego el fallo de Griesa cuando no le convino da un ejemplo. Otro es la tendencia a discutir la norma ante cualquier contrariedad y terminar estableciendo una presunta norma propia, lo que estrictamente es un “privilegio” o ley privada, propia del feudalismo. Esta súbita creación de normas propias, y el intento de imponerlas, se ve en cada discusión tras un incidente de tránsito, antes de apelar a la violencia física.
La “anomia boba” implica situaciones sociales en las que todos resultan perjudicados. Es según Nino una forma de inobservancia que produce una disfuncionalidad en la sociedad. Podemos identificarla en la “viveza criolla” o el ingenio andaluz, que “brilla sin alumbrar”, como lo caracterizaba Antonio Machado y que al final perjudica a todos. Es la menos eficiente de todas las alternativas posibles para violar las normas.
Conocemos bien algunas de las variantes que consideran los sociólogos, como el que dice adherir a los fines generales pero se excusa de cumplir la ley aduciendo que los alcanzará por un camino suyo propio. Prescinde de la norma y en realidad no piensa en ella sino en su satisfacción personal porque ve la regla como un obstáculo molesto y poco significativo.
Otra forma es el cumplimiento de las normas burocráticas inútiles, que ni siquiera el que la estableció sabe ya cúal era su finalidad. Un relato de Eduardo Galeano lo ilustra: desde décadas había un centinela custodiando un banquito en un cuartel. Nadie se preguntaba porqué ni para qué. Hasta que cierto capitán hizo algunas averiguaciones: hacía mucho tiempo se había puesto el centinela junto al banquito recién pintado para evitar que alguien se siente antes de estar la pintura seca. La pintura se secó, se descascaró y se cayó de vieja, pero la consigna inútil se mantuvo como si se tratara de un rito religioso.
Otra variante de la conducta propia de la anomia es la “chicanera” en que se usan los intersticios que dejan las normas para burlarlas y obtener ventajas personales. Toda la historia de la truhanería y de los robos por corrupción incluso a gran escala se pueden incluir en este apartado, incluso cuando la ley deja ex profeso ciertas zonas grises para que las aprovechen los avisados, que a veces son los mismos encargados de redactarlas.
Esta clase de anomia es la que hace admirar al ventajero, al logrero, y convierte al estafador en un modelo, digno de admiración y de imitación (cuando es posible).
En los desheredados, aquellos que son castigados, como decía Artigas, nada más que por ser humildes. Finalmente toda la perspectiva de “salir del barro” está en el delito, y el que la ofrece o parece ofrecerla, como el narcotraficante, es admirado y propuesto a la imitación, como siguen siendo el campeón de boxeo de humilde origen, el futbolista o o el cantor de cumbias.
El pasado perdido
La anomia dejó en un pasado irrevocable a los llamados “abuelos laboriosos”, alumbrados por una luz interesada y oblicua en la historia liberal, que los opuso a la supuesta indolencia nativa. Ellos vinieron a trabajar y a progresar, pero como dice Carlos de la Púa sus hijos son chorros y sus hijas “están en la vida”.
Aquel inmigrante pudo ver a su hijo educado, universitario, y apreciar la promoción social de una generación a otra, pero la alternativa de la “Crencha engrasada” de De la Púa es la de la década infame, del tiempo que siguió a la crisis del 30, de la que también se ocupó José Santos Discepolo.
A diferencia de la promoción social de entonces, las primera década del siglo XXI está marcada por un descenso social de una generación a otra, una desvalorización de la educación, y una merma del poder adquisitivo en medio de una creciente compulsión por adquirir que avanza junto con la disolución de las normas sociales, combinación que puede resultar ruinosa.
La desestructuración en ciernes
El sociólogo Ricardo Sidicaro, investigador del Conicet y profesor de la Universidad de Buenos Aires, advierte en la Argentina algo peor que que puede producir la anomia. La sociedad argentina no solo se caracteriza por la falta de normas sino por la desestructuración, según él. “Es un proceso de descomposición, pero sin proyectos políticos enfrentados”, que no implica enfrentamiento civil.
Sidicaro sostiene que las respuestas sociales ante las conductas anómicas son desesperadas, irracionales, sin consideración por los costos de las acciones. Se raptan personas para cobrar 1000 pesos, se mata por un par de zapatillas, por todo, por nada, la gente se mata en la calle mientras el Estado no tiene medios para corregir este tipo de cosas y está más del lado del problema que de la solución.
Sidicaro aclara que anomia es una situación de normas que se debilitan, como en el Lejano Oeste, o en momentos de crisis con desocupación. “Esto es diferente: es una desestructuración mucho más grande que aquella a la que remite el concepto de anomia. Suponer que la policía delinque no es anomia, es mucho más”.
En situaciones de anomia los sujetos pierden su relación con las normas. Acá el problema pasa también por las instituciones que tienen que hacer cumplir esas normas. No es una persona que transgrede y hay un juez que aplica la norma. El que transgrede es el juez”.

Entrar al sitio 2019-10-09 07:56:15
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